Exceptuando determinados trabajos en los que la imagen está ideada en forma de proyecto audiovisual o para las redes, el resultado final de una fotografía lo concibo en la impresión.

La copia física es un visto bueno. Un asentimiento. No se imprime hasta que “todo está acabado”. El autor elige el tipo de papel, su tamaño, tacto, tono y textura, incluso su peso, y el espectador observa el resultado final exactamente como su creador quiere que se contemple. En la pantalla de un ordenador, la imagen está inacabada, susceptible de “hacerle algo más”, está necesitada de abandono.

Una buena copia impresa conmueve. Consigue hacer sentir la presencia de su creador. Nunca por su perdurabilidad, tarde o temprano cualquier inamovible peñasco se convierte en efímero. Al observarla se disfruta el momento, uno respira su aire y se deja llevar. La buena copia se palpa con los cinco sentidos.

Julian Ochoa